Indonesia


Agosto 2025

  • 📅 Duración: 16 días.
  • ✈️ Ruta: Yakarta – Yogyakarta – Bromo – Surabaya – Ubud – Gili Air – Nusa Dua.
  • 🚗 Tipo de viaje: circuito privado con guía + días libres.
  • ☀️ Época: agosto - septiembre.
  • 🛏️ Hoteles:
                Yakarta: Hotel FM7
                Jogyakarta: Melia Purosani
                Bromo: Jiwa Jawa Resort Bromo
                Gili Air: Hotel Gilizen
                Jimbaran: Merusaka Nusa Dua

Preparando nuestro viaje

Este año habíamos decidido viajar a Bali, pero pronto nos dimos cuenta de que quedarnos únicamente en la isla nos iba a saber a poco. Indonesia cuenta con más de 17.000 islas y una enorme diversidad de paisajes, culturas y tradiciones, así que terminamos ampliando el viaje para descubrir algunos de sus rincones más emblemáticos.

Como hacemos habitualmente, empezamos solicitando varios presupuestos para realizar un circuito organizado. Sin embargo, ninguna de las propuestas terminaba de convencernos. En general ofrecían pocos días, hoteles bastante normales y unos precios que nos parecían elevados para lo que incluían.

Después contactamos con la agencia vietnamita que ya nos había organizado nuestros viajes por Vietnam y Camboya. La propuesta era bastante mejor que las anteriores, tanto en el itinerario como en los alojamientos, aunque seguía superando el presupuesto que teníamos previsto.

Finalmente, mi amiga encontró por Internet una agencia que ofrecía prácticamente el recorrido que llevábamos semanas diseñando por nuestra cuenta, con hoteles espectaculares y un precio muy competitivo. Se trataba de Transitours, una agencia especializada en circuitos personalizados por Indonesia. Al parecer acababan de comenzar su actividad y eso se reflejaba en unas tarifas realmente atractivas.

La experiencia fue excelente. Adaptaron el itinerario a nuestras preferencias, resolvieron todas nuestras dudas antes del viaje y la organización durante toda la ruta fue impecable. Si buscáis un circuito privado por Indonesia, es una opción que merece mucho la pena valorar.

Los vuelos

Los vuelos los reservamos por nuestra cuenta. Después de comparar decenas de combinaciones —muchas de ellas con escalas interminables y precios bastante elevados—, finalmente encontramos una buena opción con Etihad Airways.

Volamos desde Madrid hasta Yakarta, haciendo escala en Abu Dhabi. Aunque el trayecto es largo, la compañía hizo que el viaje resultara mucho más llevadero. Cada asiento dispone de una pantalla individual con películas, series, música y juegos, la comida fue correcta y la tripulación destacó por su amabilidad y atención durante todo el vuelo.

Para que os hagáis una idea de los tiempos, nuestro vuelo salió de Madrid a las 10:30 h y aterrizó en Abu Dhabi a las 19:25 h (hora local). Tras unas pocas horas de espera, el siguiente vuelo despegó a las 22:00 h con destino a Yakarta, donde llegamos a las 09:35 h del día siguiente. En total, prácticamente un día entero de viaje.

Antes de volar, la propia compañía aérea nos recordó que debíamos completar dos formularios obligatorios:

  • La declaración electrónica de salud (SATUSEHAT Health Pass).
  • La declaración de aduanas (Electronic Customs Declaration).

Mi consejo es rellenarlos antes de salir de casa para evitar colas y perder tiempo al llegar.

Visado y tasa turística de Bali

Para entrar en Indonesia es necesario obtener un visado de turista. Nosotras lo solicitamos por Internet unas dos semanas antes del viaje, ya que tiene una validez de 30 días desde su expedición.

  • Precio: 519.500 IDR (aproximadamente 27 €).

El trámite es muy sencillo, se puede realizar desde este enlace y, en nuestro caso, el visado llegó por correo electrónico pocas horas después de completar la solicitud.

Desde el 14 de febrero de 2024, todos los turistas extranjeros que visitan Bali deben abonar una tasa turística destinada a la conservación del patrimonio cultural y natural de la isla.

  • Importe: 150.000 IDR (aproximadamente 8 €).

Puede pagarse tanto antes del viaje como a la llegada a Bali. Nosotras preferimos hacerlo online antes de salir de España para evitar trámites adicionales al aterrizar mediante la aplicación Love Bali en este enlace.

Información oficial


Antes de viajar siempre conviene consultar las recomendaciones oficiales.

En la página del Ministerio de Asuntos Exteriores encontraréis información actualizada sobre documentación, seguridad, sanidad y requisitos de entrada.

Vacunas

Para viajar a Indonesia no existe ninguna vacuna obligatoria para los viajeros procedentes de España.

No obstante, se recomienda tener al día las vacunas habituales y valorar, junto con un Centro de Vacunación Internacional, la administración de:

  • Hepatitis A.
  • Hepatitis B.
  • Tétanos-difteria.
  • Fiebre tifoidea.

Si vivís en Madrid también podéis solicitar información llamando al 010 o pedir cita en un Centro de Vacunación Internacional, donde os indicarán las recomendaciones según vuestro itinerario.

¿Cuál es la mejor época para viajar a Indonesia?

La mejor época para recorrer Indonesia coincide con la estación seca, entre los meses de mayo y octubre. Durante ese periodo predominan los días soleados, la humedad es más baja y las lluvias son mucho menos frecuentes.

Nosotras viajamos en septiembre y, por fin, acertamos plenamente con las fechas.

La estación húmeda se extiende aproximadamente de noviembre a abril. Aunque suele llover con intensidad, las precipitaciones acostumbran a concentrarse por la tarde y muchas veces permiten seguir disfrutando del resto del día.

Internet durante el viaje

Hoy en día resulta difícil imaginar un viaje sin conexión a Internet. Para disponer de datos móviles existen dos opciones muy cómodas.

La primera consiste en contratar una eSIM antes de salir de España. Empresas como Holafly permiten instalarla en pocos minutos, siempre que el teléfono sea compatible (puedes corroborarlo en la misma página).

Además, podéis comprobarlo de dos formas:

  • Entrando en Ajustes → Conexiones → Gestor de tarjetas SIM. Si aparece la opción "Añadir plan móvil", vuestro dispositivo es compatible.
  • Marcando *#06#. Si aparece un código EID (Embedded Identity Document), también significa que admite eSIM. 

La segunda opción —y la que finalmente elegimos nosotras— fue comprar una SIM local nada más llegar al aeropuerto de Yakarta.

En la zona de llegadas encontraréis los mostradores de las principales compañías telefónicas del país:

  • Telkomsel, la que ofrece mejor cobertura y mayor velocidad, aunque también es la más cara.
  • IM3 (Indosat), con muy buena cobertura y una excelente relación calidad-precio.
  • XL Axiata, otra de las compañías más utilizadas tanto por locales como por turistas.
  • Smartfren, generalmente la opción más económica, aunque con una cobertura algo más limitada fuera de las zonas turísticas.

Nosotras terminamos eligiendo IM3, siguiendo la recomendación del guía que nos recibió en Yakarta, y la experiencia fue muy buena durante todo el viaje.

Además, nos resultó más económica que contratar una eSIM desde España, por lo que, si no os importa dedicar unos minutos al llegar al aeropuerto, es una opción muy recomendable.


Día 1 (Lunes, 25 de agosto): Llegada a Yakarta. Primer contacto con Indonesia.

Después de casi veinticuatro horas de viaje, por fin aterrizamos en Yakarta, la inmensa capital de Indonesia. Aunque aquel día no teníamos prevista ninguna visita turística, todavía nos esperaba la primera anécdota del viaje. Y os adelanto una cosa: este viaje estuvo plagado de ellas.

Nada más superar el control de pasaportes había que atravesar unos tornos automáticos escaneando el visado electrónico. Yo pasé sin ningún problema, pero los tornos decidieron que mi amiga no podía entrar en Indonesia.

Lo intentó una vez.

Dos.

Tres.

Los agentes del aeropuerto también lo intentaron... y nada.

Mientras tanto, yo contemplaba la escena desde el otro lado de la barrera, sin poder volver atrás para ayudarla. Aquello prometía.

Finalmente, la enviaron al mostrador donde gestionaban los visados para comprobar qué estaba ocurriendo. Después de revisar toda la documentación encontraron el problema: al solicitar el visado online había confundido una "O" con un "0" al introducir el número de pasaporte. ¡Qué fallo!

Un pequeño error que obligó a emitir un visado completamente nuevo... y, por supuesto, a volver a pagarlo.

No era precisamente la mejor manera de empezar el viaje, pero al menos el problema se solucionó en pocos minutos y pudimos continuar tranquilamente. Con la documentación en regla, recogimos el equipaje y salimos a la terminal de llegadas, donde nos esperaba nuestro guía. 

Antes de abandonar el aeropuerto hicimos otra de las gestiones que teníamos previstas: comprar una tarjeta SIM local. Siguiendo la recomendación del guía elegimos la compañía IM3, y en apenas un par de minutos ya teníamos los teléfonos configurados y funcionando. La cobertura fue excelente durante todo el viaje y, además, resultó bastante más económica que contratar una eSIM desde España.

Con todo listo nos subimos al vehículo que nos llevaría hasta nuestro hotel.

Nos alojamos en el FM7 Resort Hotel, situado muy cerca del aeropuerto internacional de Yakarta. Elegimos este alojamiento precisamente por su ubicación, ya que al día siguiente teníamos que madrugar para tomar un vuelo hacia Yogyakarta.

Como habíamos llegado muy temprano, todavía no tenían preparada la habitación, así que aprovechamos para comer en el restaurante del hotel. Nos sorprendió gratamente tanto la calidad de la comida como sus precios, especialmente teniendo en cuenta que prácticamente no había nada alrededor donde ir caminando.

Después llegó el momento de descubrir una de las mejores sorpresas del hotel: su completa zona de spa, incluida para todos los huéspedes.

Encontramos tres piscinas con temperaturas diferentes. Una de agua muy caliente, perfecta para relajar los músculos después del vuelo; otra de agua fría, ideal para los más valientes; y una tercera a temperatura templada, donde terminamos pasando la mayor parte del tiempo. Además, el complejo dispone de sauna, baño turco y varias zonas de relajación, todo ello incluido en el alojamiento.

Y, cómo no podía ser de otra manera, también inauguramos oficialmente la temporada de masajes del viaje.

Reservamos un masaje tradicional indonesio de 90 minutos por menos de 20 € y fue, sin duda, la mejor forma posible de recuperarnos después de tantas horas sentadas en un avión.

Aquella tarde transcurrió sin prisas, alternando piscina, spa y descanso. Más que un primer día de vacaciones, fue una especie de escala para aclimatarnos al cambio horario y coger fuerzas antes de comenzar la auténtica aventura. Porque al día siguiente sí empezaría nuestro recorrido por Indonesia.

Antes de continuar con el viaje, merece la pena detenerse un momento para conocer mejor el país que íbamos a recorrer.

Indonesia es el mayor archipiélago del mundo, formado por más de 17.000 islas, de las cuales alrededor de 6.000 están habitadas. Se extiende a lo largo de más de 5.000 kilómetros entre el sudeste asiático y Oceanía, lo que explica su enorme diversidad de paisajes, culturas, idiomas y tradiciones.

El territorio se divide en cinco islas principales y varios grupos archipelágicos destacados. Cada una de sus grandes islas posee una personalidad propia:

  • Java, la isla más poblada del planeta y el centro político y económico de Indonesia. Alberga la capital, Yakarta, además de algunos de los templos más impresionantes del país, como Borobudur y Prambanan.
  • Sumatra es famosa por sus extensas selvas tropicales, donde todavía viven orangutanes en libertad, tigres y elefantes.
  • Bali, la isla de los dioses, es el principal destino turístico del país gracias a su singular cultura hindú, sus arrozales, templos y playas.
  • Kalimantan, la parte indonesia de la isla de Borneo, conserva algunas de las selvas más antiguas del planeta y una extraordinaria biodiversidad.
  • Sulawesi destaca por su peculiar forma y por la cultura ancestral de los toraja, conocida por sus sorprendentes rituales funerarios.
  • Las islas de Nusa Tenggara albergan el Parque Nacional de Komodo, donde vive el famoso dragón de Komodo, el lagarto más grande del mundo.
  • Y en el extremo oriental se encuentra Papúa, que destaca por la región de Raja Ampat, considerado uno de los mejores destinos de buceo del planeta gracias a la riqueza de sus arrecifes de coral.

Durante nuestro viaje conoceremos únicamente una pequeña parte de este inmenso país, recorriendo la isla de Java, la isla de Bali y el cercano archipiélago de las islas Gili.

Fue solo una pequeña muestra de todo lo que Indonesia puede ofrecer... pero suficiente para dejarnos con ganas de volver algún día.


Día 2 (Martes, 26 de agosto): Yakarta - Jogyakarta. Borobudur, Mendut y el primer contacto con la cultura javanesa.


Nos levantamos temprano y, mientras desayunábamos, aprovechamos para intentar obtener las tarjetas de embarque del vuelo interno. La compañía no permitía realizar el check-in online con más de once horas de antelación y, como la noche anterior nos habíamos acostado pronto, apenas nos quedaba margen.

Lo peor fue el mensaje que aparecía en la aplicación: en lugar de indicar que el servicio todavía no estaba disponible, aseguraba que no encontraba nuestra reserva. Imaginad el susto. Después de varios intentos —porque, por supuesto, no podía ser tan sencillo—, por fin conseguimos descargar las tarjetas de embarque y respirar tranquilas.

Aquel fue solo el primero de los pequeños sobresaltos del día.

En el aeropuerto, justo cuando estaba colocando mi maleta sobre la cinta de facturación, descubrí que la cremallera se había abierto porque uno de los dientes se había roto.

¡Casi me da algo!

Por suerte conseguí volver a cerrarla, pero durante todo el vuelo no dejé de imaginar mis pertenencias desparramadas por la bodega del avión. Para colmo, aquel pequeño aeropuerto no tenía ninguna tienda donde comprar una cincha o algún sistema para asegurar la maleta. ¡Qué mal rollo!

Afortunadamente llegó intacta a destino, aunque tuve claro que necesitaba sustituirla cuanto antes. Y eso que el viaje no había hecho más que comenzar.

Al aterrizar en Yogyakarta nos estaban esperando nuestro conductor y el guía que nos acompañaría durante toda la estancia en la ciudad. Tuvimos además la suerte de que hablara un español excelente, algo que hizo que las visitas fueran mucho más interesantes gracias a todas las explicaciones y curiosidades que nos fue contando.

Nuestra primera parada fue el impresionante Templo de Borobudur, considerado el mayor monumento budista del mundo y declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Construido entre los siglos VIII y IX durante el reinado de la dinastía Sailendra, constituye una auténtica obra maestra de la arquitectura budista Mahayana.

Sin embargo, su historia estuvo a punto de desaparecer para siempre.

En el siglo X, varias erupciones del cercano volcán Merapi, uno de los volcanes más activos de Indonesia, obligaron a trasladar el centro político de Java hacia el este. Poco a poco el templo quedó abandonado, cubierto por capas de ceniza volcánica y devorado por la selva tropical. Con la expansión del islam en Java, el budismo perdió gran parte de su influencia y Borobudur cayó prácticamente en el olvido durante siglos.

No fue hasta el siglo XIX cuando comenzó su redescubrimiento y posterior restauración. La reconstrucción más importante tuvo lugar entre 1975 y 1982, en un ambicioso proyecto impulsado por la UNESCO que permitió devolver al templo el esplendor que hoy contemplan millones de visitantes.

El volcán Merapi siguió recordando su fuerza incluso en tiempos recientes. Durante la gran erupción de 2010, enormes cantidades de ceniza cubrieron nuevamente Borobudur y varias aldeas cercanas quedaron devastadas. Como la erupción tuvo lugar por la noche, los vecinos no tuvieron tiempo de reaccionar y fallecieron impotentes.

A pesar de todo, el templo continúa en pie. Y no es para menos.

Está construido íntegramente con piedra volcánica y, aunque pueda parecerlo desde el exterior, no es un edificio hueco, sino una gigantesca estructura maciza compuesta por más de dos millones de bloques de piedra.

Su diseño representa el camino hacia la iluminación budista. Consta de diez niveles, que simbolizan las distintas etapas espirituales que debe recorrer el ser humano hasta alcanzar el Nirvana.

Las tres terrazas superiores albergan 72 estupas perforadas con forma de campana, cada una de ellas con una estatua de Buda en su interior. En la parte más alta se encuentra la gran estupa central, completamente cerrada y sin imagen en su interior, símbolo de la perfección y el estado supremo de iluminación.

Recorrer lentamente sus galerías, repletas de relieves que narran enseñanzas budistas y escenas de la vida cotidiana hace más de mil años, fue una experiencia fascinante.

Desde hace unos años, para proteger el monumento del desgaste provocado por el turismo, el número de visitantes que pueden subir diariamente está limitado.

Antes de acceder nos entregaron unas sandalias especiales fabricadas con fibras vegetales, conocidas como Upanat, que sustituyen al calzado convencional para evitar el deterioro de la piedra. En nuestro caso estaban incluidas con la entrada y, además, pudimos llevárnoslas como recuerdo.

Precio de la entrada (subida al templo): 455.000 IDR (aproximadamente 24 € por persona).





Nuestra siguiente parada fue el cercano Templo de Mendut, situado a apenas tres kilómetros de Borobudur.

Aunque mucho más pequeño, desempeña un importante papel religioso y forma parte, junto con Borobudur y Pawon, del recorrido ceremonial que realizan los peregrinos budistas durante la festividad de Vesak, la celebración más importante del budismo.

En su interior se conservan tres enormes esculturas de piedra. La más destacada representa a Buda Sakyamuni, acompañado por los bodhisattvas Avalokiteshvara y Vajrapani.

Nuestro guía también nos habló del llamado Buda famélico, una representación de Siddhartha Gautama durante el periodo en el que practicó un ascetismo extremo antes de comprender que la iluminación no se alcanzaba mediante el sufrimiento físico, sino siguiendo el llamado Camino Medio.

Resultaba curioso comprobar cómo un monasterio budista convive con absoluta normalidad en una región donde la inmensa mayoría de la población profesa el islam.

De hecho, Indonesia es el país con mayor número de musulmanes del mundo. Aproximadamente el 87% de la población practica esta religión, aunque el país reconoce oficialmente varias confesiones y destaca por su notable diversidad religiosa.

Durante la excursión escucharás una banda sonora muy característica: la llamada del imán desde las mezquitas, que marca las cinco oraciones diarias. También nos encontramos de forma habitual pequeños espacios habilitados para rezar en aeropuertos, centros comerciales o estaciones.

Precio de la entrada: 50.000 IDR (aproximadamente 2,60 € por persona).






Después, llegó una de las experiencias más curiosas del día. Visitamos una pequeña plantación donde nos explicaron el proceso de elaboración del famoso Kopi Luwak, considerado uno de los cafés más exclusivos y caros del mundo.

Este café procede de los granos ingeridos por una pequeña civeta asiática, conocida localmente como luwak. Durante su paso por el aparato digestivo, las enzimas modifican parcialmente los granos antes de ser expulsados. Posteriormente se recogen, se lavan cuidadosamente y se tuestan.

Aunque existen muchas leyendas sobre sus propiedades beneficiosas, lo cierto es que su fama se debe principalmente a su peculiar proceso de elaboración y a su sabor suave y poco amargo.

Como a mí el café no me entusiasma precisamente, pensaba limitarme a mirar... pero al final terminé probándolo.

Los lugareños nos enseñaron una forma tradicional de tomarlo: colocan un pequeño trozo de azúcar de coco en la boca y, mientras se va deshaciendo lentamente, beben el café.

Por supuesto, nosotras también lo hicimos así.

Degustación de infusiones: gratuita.

Café Kopi Luwak: aproximadamente 100.000 IDR (unos 5,25 € la taza).





Para terminar el día asistimos a una representación tradicional del Ramayana, uno de los poemas épicos más importantes de la literatura hindú.

El espectáculo tuvo lugar en el Anfiteatro Purawisata, acompañado por música en directo interpretada con una orquesta de gamelán javanés, cuyos sonidos metálicos crean una atmósfera muy especial.

Aunque en esencia todas las representaciones del Ramayana narran la historia del príncipe Rama y su esposa Sita, pronto descubriríamos que cada región de Indonesia aporta su propio estilo, su vestuario y su forma de contar la historia. Esta sería solamente la primera de varias versiones que veríamos durante el viaje.

Antes del espectáculo cenamos en el restaurante bufé Gazebo Garden, situado junto al anfiteatro.

La comida nos pareció bastante normal, aunque resultó muy cómodo cenar allí mismo antes de la función.

Entrada al espectáculo: alrededor de 375.000 IDR (aproximadamente 20 € por persona, según la zona elegida).

Cena tipo bufé: 200.000 IDR (aproximadamente 10,50 € por persona, bebidas no incluidas).



Después de un día tan completo regresamos al hotel con una última misión pendiente: brindar por el comienzo del viaje.

Nos alojábamos en el Melia Purosani Yogyakarta, un elegante hotel de cinco estrellas situado en pleno centro de la ciudad. Antes de subir a la habitación nos sentamos tranquilamente a tomar unos cócteles mientras comentábamos todo lo que habíamos visto durante el día.

El hotel nos encantó. Contaba con habitaciones amplias, un desayuno espectacular y una bonita piscina rodeada de jardines tropicales que, por desgracia, apenas tuvimos tiempo de disfrutar.

Pero todavía quedaban muchos días de aventura por delante.


Día 3 (Miércoles, 27 de agosto): Jogyakarta. Descubriendo Yogyakarta entre palacios, templos y alguna que otra compra inesperada.


Después del desayuno comenzamos una intensa jornada dedicada a conocer Yogyakarta, considerada el gran corazón cultural de la isla de Java. A diferencia de Yakarta, mucho más moderna y caótica, Yogyakarta conserva buena parte de las tradiciones javanesas y sigue siendo el único territorio de Indonesia gobernado por un sultán con funciones reconocidas oficialmente.

Nuestra primera visita fue el Kraton, el Palacio Real de Yogyakarta, construido en el siglo XVIII por el sultán Hamengkubuwono I siguiendo la arquitectura tradicional javanesa. Más que un simple palacio, el Kraton constituye una pequeña ciudad amurallada donde todavía reside el actual sultán junto a parte de su familia. Además de ser la residencia oficial, continúa siendo uno de los principales centros culturales de Java.

Durante la visita recorrimos varios pabellones convertidos en museo, donde se exponen antiguos trajes ceremoniales, mobiliario, carruajes reales, instrumentos musicales, fotografías y numerosos objetos relacionados con la historia del sultanato.

Solo una pequeña parte permanece cerrada al público: las dependencias privadas donde vive la familia real.

Uno de los aspectos que más nos gustó fue el ambiente del recinto. Cada día se celebran actuaciones tradicionales diferentes, como conciertos de gamelán, danzas clásicas javanesas o representaciones de marionetas Wayang, declaradas Patrimonio Cultural Inmaterial por la UNESCO.

Nosotras tuvimos la suerte de coincidir con una representación de marionetas mientras varios músicos interpretaban melodías con los curiosos instrumentos del gamelán y un grupo de jóvenes aprendía las técnicas de esta música tradicional.

Fue una forma estupenda de comenzar el día y de acercarnos un poco más a la cultura local.

Precio de la entrada: 25.000 IDR (aproximadamente 1,35 € por persona).






Muy cerca del Kraton se encuentra Taman Sari, conocido como el Palacio del Agua. Este complejo fue construido a mediados del siglo XVIII como jardín real, lugar de descanso y espacio de meditación para la familia del sultán. En su época de esplendor estaba formado por piscinas, pabellones, jardines y canales que comunicaban diferentes edificios.

Su rincón más famoso son las piscinas donde, según cuenta la tradición, se bañaban las concubinas del sultán. Desde una torre cercana, el monarca observaba el baño y elegía con cuál de ellas pasaría la noche.

No sabemos cuánto hay de historia y cuánto de leyenda, pero, desde luego, la historia hace la visita mucho más entretenida.

Actualmente el complejo ha sido restaurado y resulta fácil imaginar el lujo que debió de representar en su época.

Precio de la entrada: 25.000 IDR (aproximadamente 1,35 € por persona).





Nuestra siguiente parada fue el Mercado de Beringharjo, el mercado tradicional más antiguo y famoso de Yogyakarta.

Situado junto a la animada calle Malioboro, este enorme mercado cubierto es un auténtico laberinto de puestos donde se vende prácticamente de todo: ropa, telas batik, especias, recuerdos, juguetes, bolsos, frutas, dulces y pequeños restaurantes donde probar la gastronomía local.

Aunque también es un buen lugar para comprar recuerdos, está pensado principalmente para los propios habitantes de la ciudad, algo que le aporta un ambiente muy auténtico.

Como en casi todos los mercados de Indonesia, aquí el regateo forma parte de la experiencia.

Entrada: gratuita.

Después nos dirigimos al Templo de Sambisari, ubicado en la aldea del mismo nombre. Uno de esos lugares poco conocidos que terminan convirtiéndose en una agradable sorpresa.

Este templo hindú fue construido durante el siglo IX, pero permaneció oculto durante más de mil años bajo varios metros de ceniza volcánica procedente del Monte Merapi.

No fue descubierto hasta 1966, cuando un agricultor encontró accidentalmente algunas piedras mientras trabajaba sus tierras.

Las excavaciones sacaron a la luz un templo extraordinariamente bien conservado que todavía hoy se encuentra unos 6,5 metros por debajo del nivel del terreno, lo que hace aún más curiosa la visita.

El conjunto, de planta cuadrada, está formado por un templo principal dedicado a Shiva y tres pequeños templos auxiliares. Destaca por sus hermosos relieves en piedra, su techo piramidal y sus tallas del Ramayana.

Al no ser uno de los templos más turísticos de Java, pudimos recorrerlo prácticamente en silencio, disfrutando del lugar con mucha tranquilidad.

Precio de la entrada: 10.000 IDR (aproximadamente 0,55 € por persona).





La tarde la dedicamos a visitar uno de los complejos arqueológicos más impresionantes de Indonesia.

Los templos de Prambanan (hindú) y Sewu (budista) se encuentran separados por apenas 800 metros, lo que demuestra que ambas religiones convivieron durante siglos en esta parte de Java.

La entrada permite visitar ambos recintos. Precio de la entrada conjunta: 400.000 IDR (aproximadamente 21 € por persona).

Declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, Prambanan es el mayor conjunto de templos hindúes de Indonesia. Fue construido en el siglo IX y está dedicado a la Trimurti, la trinidad del hinduismo formada por Shiva, Vishnu y Brahma.

El edificio más espectacular es el dedicado a Shiva, que alcanza casi 47 metros de altura y domina todo el complejo.

Sus paredes están decoradas con magníficos relieves que narran diferentes episodios del Ramayana, una historia que, curiosamente, nos acompañaría durante buena parte del viaje.

La disposición del recinto reproduce la cosmología hindú.

El complejo sigue el modelo del universo según la cosmología hindú, basados en tres niveles que representan los diferentes reinos:

  • El mundo de los mortales: seres humanos, animales y demonios.
  • El mundo intermedio de los sabios y los dioses menores.
  • El mundo superior, reservado para las divinidades.

Mientras paseábamos entre aquellas construcciones no pudimos evitar acordarnos de los templos de Angkor, en Camboya,  aunque estos datan del siglo XII y los de aquí son bastante anteriores, siglo VIII / IX. Siendo bastante diferentes, comparten esa sensación de grandiosidad y de haber sobrevivido al paso de los siglos.






Muy cerca se encuentra el Templo de Sewu, el segundo mayor templo budista de Java, únicamente superado por Borobudur.

Su nombre significa literalmente "mil templos", aunque en realidad el complejo está formado por un templo central rodeado por 249 templos menores, distribuidos siguiendo un diseño en forma de mandala, símbolo de la perfección en el budismo.

Aunque muchas de las pequeñas estructuras se encuentran parcialmente derruidas, el conjunto sigue impresionando por sus dimensiones.

Como se acercaba la hora de cierre y queríamos aprovechar el tiempo al máximo, decidimos utilizar uno de los pequeños vehículos eléctricos que conectan ambos recintos.

Fue todo un acierto.

Precio del carrito eléctrico: 25.000 IDR (aproximadamente 1,35 € por persona).






Al regresar al hotel teníamos claro el plan: estrenar la magnífica piscina del Melia Purosani. Pero el tiempo tenía otros planes. Comenzó a llover con una intensidad tremenda y, además, se levantó mucho viento.

Plan A cancelado.

Decidimos entonces pasar al plan B: reservar un masaje.

Tampoco hubo suerte. Parece que no fuimos las únicas a las que se les ocurrió la misma idea viendo el panorama, porque no quedaba ni un solo hueco libre.

Así que llegó el plan C.

Paraguas en mano nos fuimos caminando hasta la famosa calle Malioboro, la arteria comercial más importante de Yogyakarta.

A pesar de la lluvia, la calle estaba llena de vida. Había músicos, vendedores ambulantes, pequeños puestos de comida, tiendas de recuerdos y muchísima gente paseando.

Y, cómo no, aquel era el momento perfecto para solucionar uno de mis problemas del viaje. Mi maleta. Después del susto del día anterior no estaba dispuesta a seguir jugando con la suerte, así que entré en una tienda especializada en equipaje llamada Citra, donde encontré una sustituta perfecta. Ya podía respirar tranquila.

Con la maleta nueva rodando a nuestro lado y el paraguas en la otra mano, continuamos paseando hasta que dejó de llover.

Para cenar seguimos la recomendación de nuestro guía y entramos en Mahkota Restaurant. Nos sorprendió descubrir que era un restaurante chino, pero la comida estaba realmente buena y, además, los precios eran muy económicos.

Un final perfecto para un día lleno de historia, templos... y compras inesperadas.

Al regresar al hotel, todavía me esperaba una última despedida.

Las zapatillas, dijeron basta. La suela se había rajado y me había calado con el chaparrón. Así que aquella noche, en el hotel de Yogyakarta, me despedí de dos fieles compañeras de viaje. Una maleta. Y unas zapatillas. Iba dejando equipaje por Indonesia casi al mismo ritmo que iba acumulando recuerdos.


Día 4 (Jueves, 28 de agosto): Jogyakarta - Surabaya - Bromo. Rumbo al Monte Bromo.


Aquel día tocaba madrugar de verdad. Antes de que amaneciera nos dirigimos a la estación de tren de Yogyakarta, donde nos despedimos de nuestro guía. Durante los días anteriores nos había acompañado por la ciudad y sus templos, pero allí terminaba su parte del recorrido. A partir de ese momento nos esperaba una nueva etapa del viaje y un nuevo guía.

El trayecto en tren hasta Surabaya duró unas tres horas y resultó mucho más agradable de lo que esperábamos. Los trenes en Indonesia nos sorprendieron por su puntualidad, limpieza y comodidad, algo que, sinceramente, no imaginábamos antes de viajar.

Además, el recorrido permitió contemplar desde la ventanilla una imagen muy diferente de Java. Dejamos atrás las ciudades para atravesar interminables arrozales, pequeños pueblos, plantaciones de caña de azúcar y paisajes volcánicos que iban cambiando poco a poco a medida que avanzábamos hacia el este de la isla. Fue una forma muy relajada de conocer el país.

Al llegar a Surabaya, la segunda ciudad más poblada de Indonesia, ya nos esperaba el guía que nos acompañaría durante los siguientes días.

Aunque únicamente estuvimos de paso, nos contó una curiosidad que llama la atención a cualquiera que visite la ciudad. El nombre Surabaya procede de dos palabras del idioma javanés: "sura", que significa tiburón, y "baya", que significa cocodrilo. Según una antigua leyenda, ambos animales protagonizaron una gran batalla por el dominio del territorio, convirtiéndose con el tiempo en el símbolo de la ciudad.

Por ese motivo, es muy habitual encontrar esculturas que representan a un tiburón y un cocodrilo entrelazados. De hecho, el monumento más famoso de Surabaya está dedicado precisamente a esta leyenda y se ha convertido en uno de los grandes iconos de la ciudad.

Nuestro destino final no era Surabaya, sino la pequeña localidad de Cemoro Lawang, la puerta de entrada al Parque Nacional Bromo Tengger Semeru.

Todavía nos esperaban aproximadamente tres horas más de carretera, aunque el paisaje hizo que el tiempo pasara mucho más deprisa.

Durante el trayecto vimos cómo la isla volvía a transformarse. Dejamos atrás las grandes avenidas de Surabaya para adentrarnos en una Java mucho más rural, donde los arrozales dieron paso a campos de cultivo, pequeñas aldeas y carreteras que poco a poco comenzaron a ganar altura.

A medida que nos acercábamos al parque nacional el ambiente también cambiaba. La temperatura descendía, aparecieron bosques de montaña y empezamos a intuir las siluetas de algunos de los volcanes más famosos de Indonesia.

El Parque Nacional Bromo Tengger Semeru, declarado Reserva de la Biosfera por la UNESCO, protege uno de los paisajes volcánicos más espectaculares del sudeste asiático. En su interior se encuentran varios volcanes activos, entre ellos el Monte Semeru, que con 3.676 metros es el volcán más alto de Java y continúa registrando erupciones con frecuencia.

Nos alojamos en el Jiwa Jawa Resort Bromo, un hotel situado a unos quince minutos en coche de la entrada del Parque Nacional del Monte Bromo.

El establecimiento nos sorprendió gratamente. Rodeado de vegetación y con una decoración que combina piedra, madera y arte local, resultaba muy acogedor y perfectamente integrado en el entorno montañoso.

Como todavía era pronto, tuvimos tiempo para instalarnos en la habitación y comer algo antes de continuar con la excursión.

A las 16:00 horas quedamos con el guía para dirigirnos a uno de los miradores desde los que contemplar la puesta de sol sobre el Monte Bromo.

Y os puedo asegurar que aquel paisaje prometía convertirse en uno de los momentos más especiales del viaje. Porque, aunque el amanecer del Bromo es mundialmente famoso, descubriríamos que el atardecer tampoco se quedaba atrás.






Día 5 (Viernes, 29 de agosto): Bromo. Amanecer en el Monte Bromo.


Si pensábamos que los madrugones habían terminado, estábamos muy equivocadas. Aquella noche el despertador volvió a sonar cuando la mayoría del mundo todavía estaba profundamente dormido. El objetivo era visitar uno de los paisajes más espectaculares de Indonesia: el Monte Bromo, uno de los volcanes activos más famosos del país y el gran icono del Parque Nacional Bromo Tengger Semeru.

Nuestro guía nos planteó dos formas distintas de realizar la excursión.

La primera, la más popular, consistía en salir a las 2:00 de la madrugada en un jeep 4x4 para subir hasta el mirador de Penanjakan, desde donde miles de personas contemplan cada mañana el amanecer sobre los volcanes Bromo, Batok y Semeru. Después se desciende al llamado Mar de Arena para subir caminando hasta el borde del cráter.

La segunda opción era bastante menos habitual, pero mucho más tentadora. Consistía en salir a las 4:00 de la madrugada e ir directamente al cráter del Bromo. De esta forma podríamos contemplar el caldero del volcán todavía de noche y ver el resplandor que desprendía su interior antes del amanecer. Después asistiríamos a la salida del sol desde el propio borde del cráter y, cuando la mayoría de los visitantes estuviera descendiendo, nos acercaríamos al famoso mirador de Penanjakan para disfrutar de las vistas del parque nacional sin las enormes aglomeraciones habituales.
En otras palabras: realizar el recorrido a la inversa.

No tardamos ni dos segundos en decidirnos. 

El Monte Bromo forma parte de una gigantesca caldera volcánica de unos 10 kilómetros de diámetro, conocida como el Mar de Arena (Sea of Sand), una inmensa llanura de ceniza volcánica que parece más propia de otro planeta que de una isla tropical.

Aunque su altitud, 2.329 metros, no es especialmente elevada comparada con otros volcanes de Indonesia, continúa siendo uno de los más activos del país y sigue expulsando fumarolas de forma constante.

Para el pueblo tengger, que habita esta región desde hace siglos, el Bromo es una montaña sagrada. Cada año celebran aquí el festival de Yadnya Kasada, durante el cual lanzan frutas, arroz, flores e incluso animales al interior del cráter como ofrenda a los dioses para pedir prosperidad y protección.

Nosotras comenzamos la ascensión completamente de noche. Primero recorrimos el inmenso Mar de Arena y, poco a poco, fuimos acercándonos a la base del volcán. La subida no resulta especialmente exigente. Desde el aparcamiento hasta el borde del cráter se tarda aproximadamente entre 45 minutos y una hora, dependiendo del ritmo de cada uno. La primera parte transcurre por un sendero de arena volcánica prácticamente llano y la última consiste en subir una larga escalera de hormigón con unos 250 peldaños.

Aunque la mayoría de los visitantes elige la primera opción y contempla el amanecer desde Penanjakan, os puedo asegurar que en este recorrido tampoco estaréis solos. Eso sí, el ambiente es completamente diferente. Ascender bajo un cielo repleto de estrellas, iluminando el camino únicamente con la linterna frontal, hace que la experiencia resulte mucho más aventurera.

Y entonces llegamos arriba.

El enorme cráter apareció ante nosotras expulsando continuamente columnas de vapor y gases sulfurosos. El ruido era ensordecedor. Más que un volcán, parecía una gigantesca locomotora funcionando a pleno rendimiento.

Aunque el magma no siempre resulta visible —depende del nivel de actividad del volcán y de las condiciones del momento—, contemplar un volcán activo tan de cerca fue un momento impactante. Permanecimos allí hasta que comenzaron a aparecer los primeros tonos anaranjados en el horizonte.

Ver cómo el sol iba iluminando lentamente el Mar de Arena, el cono perfecto del Monte Batok y, al fondo, el majestuoso Monte Semeru expulsando una pequeña columna de humo cada pocos minutos fue un auténtico espectáculo de la naturaleza.

Después nos dirigimos al famoso mirador de Penanjakan, donde pudimos contemplar una panorámica completamente diferente del Parque Nacional. A esas horas gran parte de los turistas ya había abandonado la zona, por lo que disfrutamos de unas vistas espectaculares sin las aglomeraciones que suelen producirse al amanecer.

Sin duda, elegir la segunda opción fue todo un acierto.

Precio de la entrada al Parque Nacional Bromo Tengger Semeru (día laborable): 220.000 IDR (aproximadamente 11,50 € por persona para visitantes extranjeros).

Suplemento del jeep 4x4: normalmente está incluido en las excursiones organizadas. Contratándolo por libre suele rondar entre 150.000 y 300.000 IDR por persona (entre 8 y 16 €, dependiendo del número de viajeros).

Aunque Indonesia suele asociarse con calor y humedad, el Monte Bromo es una excepción. A más de 2.200 metros de altitud, las temperaturas durante la madrugada pueden bajar fácilmente de los 5-10 ºC, por lo que conviene llevar una chaqueta o un forro polar. Nosotras viajamos en septiembre y con una buena chaqueta fue suficiente.

También resulta imprescindible llevar una linterna o, mejor aún, un frontal, ya que buena parte de la subida se realiza completamente a oscuras.

Y si sois sensibles al polvo volcánico, una mascarilla tampoco está de más, especialmente cuando sopla el viento.







Después de la excursión regresamos al hotel para desayunar. Y, ahora sí, nos permitimos un pequeño lujo. Volver a la habitación... para dormir. Caímos rendidas durante unas tres horas, aproximadamente de nueve de la mañana a doce del mediodía. Nos hacía muchísima falta.

Cuando despertamos el tiempo había cambiado por completo. Las nubes habían cubierto las montañas y comenzó a llover con bastante intensidad. ¿Nuestro plan alternativo? Creo que ya os lo imagináis. Masaje. A estas alturas del viaje se había convertido en nuestra opción B...y muchas veces también en la A.

Después del masaje decidimos dar un paseo por el pequeño pueblo donde nos alojábamos.

Habíamos quedado con el guía para cenar y nos comentó que aquella tarde se celebraba un desfile de carnaval. No pensábamos perdérnoslo. Nos mezclamos con los vecinos mientras desfilaban comparsas, músicos y niños vestidos con trajes tradicionales, en un ambiente completamente festivo. Fue uno de esos momentos que no aparecen en las guías de viaje y que, precisamente por eso, terminan convirtiéndose en algunos de los mejores recuerdos. Nos encantó poder compartir unas horas con la población local y vivir una celebración auténtica lejos de los circuitos turísticos.



Para cenar, el guía nos llevó a un restaurante situado en otro hotel de la zona. Reconozco que me habría hecho ilusión probar algún establecimiento frecuentado por los habitantes del pueblo, pero la cena estuvo bien y sirvió para poner el broche final a una jornada realmente intensa. Aunque, por desgracia, el día todavía guardaba una última sorpresa.

Aquella noche empecé a encontrarme mal. No sé si fue casualidad o tuvo algo que ver el masaje abdominal que me habían dado por la tarde, pero la realidad es que pasé la noche con una fuerte diarrea. Por suerte llevaba Fortasec en el botiquín y, después de empezar a tomarlo a la mañana siguiente, pude continuar el viaje con bastante normalidad.

Por eso, si vais a viajar por Indonesia —o por cualquier otro destino similar—, mi recomendación es clara: no olvidéis incluir en vuestro botiquín algún medicamento para tratar la diarrea del viajero.

Probablemente no lo necesitéis.

Pero, si os hace falta, agradeceréis enormemente haberlo llevado.


Día 6 (Sábado, 30 de agosto): Bromo - Surabaya - Ubud.


Nuestra primera parada del día fue la espectacular cascada Madakaripura, un impresionante salto de agua escondido entre acantilados. Considerada la más alta de la isla de Java y una de las más altas de Indonesia, con una caída de unos 200 metros. Además de su impresionante altura, este lugar tiene un gran valor cultural, ya que, según la tradición, fue el último lugar de meditación de Gajah Mada, el legendario primer ministro del Imperio Majapahit, uno de los más poderosos del sudeste asiático.

Antes de llegar a la cascada, unas motocicletas te llevan desde el aparcamiento hasta la entrada del sendero. Desde allí comienza una caminata corta y sencilla que atraviesa un paisaje de exuberante vegetación, donde si estáis atentos podréis contemplar monos. Durante el recorrido hay que cruzar el río varias veces hasta llegar al espectacular anfiteatro natural donde cae el agua, creando una cortina que envuelve a los visitantes en un ambiente casi mágico.

Si tienes pensado visitarla, te recomiendo llevar calzado que puedas mojar (tipo escarpines), ya que caminarás varias veces por el río y terminarás completamente dentro del agua. También es buena idea llevar pantalón corto y un poncho impermeable, ya que el agua cae con bastante fuerza y es imposible no acabar empapado. En cualquier caso, si se te olvida alguno de estos elementos, en la entrada encontrarás puestos donde puedes comprarlos.





Después de la visita pusimos rumbo a Surabaya, desde donde tomaríamos un vuelo hacia Bali. El trayecto, que parecía tranquilo, nos deparó un pequeño susto. Paramos en un cajero automático para sacar dinero y con tan mala suerte de que el cajero se tragó la tarjeta de mi amiga. Tras llamar a la entidad responsable, nos informaron de que, al ser sábado, no podrían hacer nada hasta el lunes. Como no podíamos esperar, decidimos cancelar la tarjeta y continuar el viaje. Pero esto no podía ser un trámite sencillo, claro que no. La aplicación del banco no nos funcionaba, ni a mi amiga ni a mí. Por lo que tuvimos que contactar con alguien de España para que desde allí nos hicieran la cancelación.
Como os había comentado fue un viaje plagado de anécdotas / contratiempos.
Por cierto, el lunes el guía nos llamó y nos confirmó que habían recuperado la tarjeta del cajero, pero como ya estaba anulada, le pedimos que se deshiciera de ella.

Hicimos una última parada para tomar un café antes de llegar al aeropuerto. El guía se empeñó en que tomáramos café cuando íbamos muy apuradas, entiendo que para que cargásemos con alguna compra, algo que, por supuesto, no hicimos. 

Llegamos al aeropuerto con el tiempo justo para facturar, si bien, como ya parecía ser la tónica del viaje, todavía nos esperaba una nueva anécdota. En el control de seguridad descubrieron que mi amiga llevaba una pequeña navaja en la mochila. Se había olvidado de sacarla para meterla en la maleta facturada, así que, lógicamente, no podía pasar con ella al avión. El personal del aeropuerto insistía en que la facturáramos. La propuesta nos pareció casi una broma, teniendo en cuenta que apenas llegábamos a tiempo para embarcar. Además, mi amiga todavía estaba afectada por el disgusto de haber perdido la tarjeta bancaria un rato antes, así que los nervios empezaban a hacer acto de presencia. Para complicarlo un poco más, la barrera del idioma no ayudaba precisamente a resolver la situación.

Por suerte, al cabo de unos minutos apareció una empleada que hablaba inglés. Gracias a ella conseguimos entendernos y explicar que no íbamos a regresar al mostrador de facturación; preferíamos renunciar a la navaja antes que correr el riesgo de perder el vuelo.

Y, como suele ocurrir en estos casos, tanta prisa terminó siendo innecesaria. Nuestro vuelo despegó con aproximadamente una hora de retraso, así que todo el estrés vivido en el control de seguridad podría haberse evitado perfectamente.

Aterrizamos en Bali sobre las 21:15. Por suerte, el tráfico, famoso por ser bastante intenso en la isla, estaba sorprendentemente tranquilo esa noche, lo que nos permitió llegar al hotel poco antes de las 23:00.

Nos alojamos en el Alaya Resort Ubud, un hotel muy bien situado y con un servicio excelente. Uno de los detalles que más nos gustó fue que proporcionan hasta ocho botellas de agua gratuitas al día para la habitación, algo muy práctico teniendo en cuenta el clima cálido y húmedo de Bali. Además, los refrescos del minibar también están incluidos sin coste adicional, un pequeño detalle que siempre se agradece tras una jornada de viaje.


Día 7 (Domingo, 31 de agosto): Ubud. Un día descubriendo los tesoros de Ubud


Dedicamos el día completo a recorrer algunos de los lugares más emblemáticos de Ubud, considerado el corazón cultural de Bali. Entre templos, cascadas y tradiciones, resultó ser una jornada variada que nos permitió conocer una cara diferente de la isla.

Antes de comenzar las visitas, nuestro guía nos llevó a un taller de artesanía tradicional donde pudimos descubrir uno de los oficios más representativos de Bali. Allí nos enseñaron cómo se elaboraban las telas utilizando telares tradicionales, un proceso completamente artesanal que requiere mucha paciencia y habilidad. También vimos cómo decoraban las telas mediante la técnica del batik, pintando a mano intrincados diseños con cera y tintes naturales. Fue muy interesante conocer el trabajo que hay detrás de estas piezas, auténticas obras de arte que forman parte del patrimonio cultural de Indonesia.




La primera parada fue para asistir a una representación de la danza tradicional balinesa Barong y Keris. A diferencia del espectáculo que habíamos visto en Yogyakarta, donde predominaban únicamente los bailes para narrar una historia, esta función se parecía mucho más a una obra de teatro. La representación combinaba danza, música y actuación para contar la eterna lucha entre el bien y el mal, simbolizada por el Barong, una criatura protectora, y Rangda, la reina de los espíritus malignos. Fue un espectáculo diferente y muy entretenido que nos ayudó a comprender mejor la cultura y las creencias balinesas.





Después visitamos un mercado tradicional, donde pudimos pasear entre puestos repletos de artesanía local, ropa, cestas de mimbre, especias y recuerdos. Regatear forma parte de la experiencia, por lo que merece la pena tomárselo con calma y negociar los precios con una sonrisa.



Nuestra siguiente parada fue la cascada de Tibumana, una de las más bonitas y tranquilas de los alrededores de Ubud. Es una cascada de unos 20 metros de altura que cae formando una elegante cortina de agua en una piscina natural rodeada de exuberante vegetación. Es un lugar perfecto para darse un baño, así que conviene llevar el bañador. Además, el recinto dispone de vestuarios y baños, por lo que cambiarse de ropa resulta muy cómodo.



Después de disfrutar de la cascada, continuamos la ruta hacia Penglipuran, considerado uno de los pueblos tradicionales mejor conservados de Bali. Este pequeño pueblo es famoso por su impecable limpieza, su cuidada organización y por mantener vivas las costumbres y la arquitectura tradicional balinesa. De hecho, ha recibido varios reconocimientos por su compromiso con la sostenibilidad y la conservación de su patrimonio.

Paseamos por su calle principal, flanqueada por las características puertas de acceso a las viviendas, todas construidas siguiendo el mismo estilo arquitectónico. Las casas mantienen una distribución muy similar, con varios pabellones alrededor de un patio interior, respetando las normas tradicionales del hinduismo balinés. Un dato curioso es que en las puertas existe información de las personas censadas en cada casa.

Fue una visita muy agradable que nos permitió conocer cómo era la vida en un pueblo que ha sabido preservar su identidad a pesar del creciente turismo.




Tras recorrer Penglipuran, continuamos la excursión con la visita a Goa Gajah, conocida como la Cueva del Elefante. Este importante yacimiento arqueológico data del siglo XI y destaca por la impresionante entrada a la cueva, esculpida en la roca con la forma de un rostro demoníaco. En su interior se conservan pequeños altares dedicados tanto al hinduismo como al budismo, un reflejo de la convivencia de ambas religiones en la antigua Bali. El complejo también cuenta con jardines, estanques y antiguos lugares de meditación que invitan a recorrerlo con tranquilidad.



                              





Al regresar al hotel decidimos aprovechar la piscina para relajarnos un rato. La experiencia habría sido perfecta de no ser por la cantidad de mosquitos que había. Eso sí, el hotel tenía el detalle de dejar repelente junto a las hamacas, aunque, en nuestro caso, no fue suficiente para evitar unas cuantas picaduras.

Más tarde salimos a pasear por el centro en dirección al Palacio de Ubud. Las calles estaban llenas de vida, con infinidad de tiendas, cafeterías, restaurantes, galerías de arte y centros de masaje. Y, cómo no, acabamos cayendo en la tentación. Mi amiga eligió el tradicional masaje balinés, mientras que yo preferí uno centrado en la espalda y los hombros, que siempre me sienta de maravilla y resulta mucho menos invasivo.

Antes de regresar al hotel hicimos una última parada para picar algo, ya que se nos estaba haciendo tarde y al día siguiente tocaba madrugar de nuevo.

Un detalle que nos llamó la atención fue el amplio horario de muchos restaurantes de Ubud. No tuvimos ningún problema para encontrar sitios abiertos incluso pasadas las 23:00 o las 23:30, algo muy práctico si, como nosotras, terminais el día haciendo turismo hasta última hora.


Día 8 (Lunes, 1 de septiembre): Ubud. Templos, arrozales y atardecer sobre el océano.

Dedicamos el día a recorrer el oeste de Bali, una zona que reúne algunos de los templos más emblemáticos de la isla, paisajes de arrozales declarados Patrimonio de la Humanidad y bosques sagrados habitados por monos. Fue una de las jornadas más completas del viaje, en la que combinamos naturaleza, historia y espiritualidad.

Nuestra primera parada fue el Templo de Taman Ayun, considerado uno de los templos reales más bonitos de Bali. Construido en el siglo XVII por la familia real del antiguo Reino de Mengwi, destaca por sus elegantes pagodas de varios niveles (meru), sus amplios jardines y los estanques que rodean todo el recinto, dando la sensación de que el templo flota sobre el agua. Pasear por sus alrededores fue una experiencia tranquila y agradable, lejos del bullicio de otras zonas más turísticas.
Precio de la entrada: 50.000 IDR (aproximadamente 2,60 € por persona).







Continuamos hacia la costa para visitar el mítico Templo de Tanah Lot, probablemente el templo más famoso de Bali. Construido sobre una gran roca frente al océano Índico, este santuario es uno de los siete templos marinos que, según la tradición balinesa, protegen la isla de los malos espíritus. Solo es posible acceder hasta la base del templo cuando la marea está baja, ya que con la pleamar queda completamente rodeado por el mar. Según la leyenda, fue fundado en el siglo XVI por el sacerdote Dang Hyang Nirartha, quien eligió este lugar por la fuerza espiritual que transmitía el enclave, y está protegido por serpientes marinas consideradas sagradas.

Precio de la entrada: 75.000 IDR (aproximadamente 3,95 € por persona). La entrada también incluye el acceso a los miradores desde los que se contempla el cercano Templo de Batu Bolong.

Uno de los momentos más curiosos de la visita fue la bendición que recibimos a los pies del templo. Unos monjes nos rociaron con agua bendita como símbolo de purificación y, después, nos colocaron unos granos de arroz en la frente y una flor detrás de la oreja, un ritual tradicional balinés que simboliza la protección, la prosperidad y el agradecimiento a los dioses. Fue una experiencia sencilla, pero muy especial, que nos permitió acercarnos un poco más a las tradiciones religiosas de la isla.






Muy cerca se encuentra el Templo de Batu Bolong, levantado sobre un espectacular arco de roca natural que se adentra en el mar. Aunque es más pequeño que Tanah Lot, ofrece unas vistas magníficas del litoral y es uno de los mejores lugares para contemplar el atardecer.


Después nos dirigimos a las impresionantes terrazas de arroz de Jatiluwih, declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, gracias a su extraordinario paisaje y al antiguo sistema de riego tradicional, conocido como Subak, utilizado en Bali desde hace más de mil años. Paseamos entre los arrozales disfrutando de unas vistas espectaculares, donde las infinitas terrazas verdes se fundían con las montañas del fondo. Sin duda, fue uno de los paisajes más bonitos que vimos durante todo el viaje.
Precio de la entrada: 50.000 IDR (aproximadamente 2,60 € por persona).






La siguiente parada fue el Templo de Ulun Danu Beratan, uno de los lugares más fotografiados de Bali. Situado a orillas del lago Beratan, un lago de origen volcánico ubicado a más de 1.200 metros de altitud, este templo parece emerger del agua cuando el nivel del lago es alto. Está dedicado a Dewi Danu, la diosa balinesa del agua, una deidad muy importante para los agricultores de la isla, ya que de ella depende el riego de los arrozales. El entorno, rodeado de montañas y con un clima mucho más fresco que el resto de Bali, convirtió la visita en una de las más especiales del día.
Precio de la entrada: 75.000 IDR (aproximadamente 3,95 € por persona).






Por la noche salimos a cenar a un restaurante que habíamos encontrado gracias a las recomendaciones de Google Maps, Sugriwa's Warung. Fue todo un acierto, ya que tanto la comida como el ambiente nos gustaron mucho. Después regresamos al hotel para descansar, aunque, como nos estaba ocurriendo casi todos los días del viaje, se nos hizo bastante más tarde de lo que habíamos previsto.


Día 9 (Martes, 2 de septiembre): Ubud. Entre arrozales, volcanes y templos sagrados.


Aunque en el programa estaba prevista la visita al bosque de los monos de Sangeh, el día anterior había estado tan lleno de actividades que finalmente no llegamos a tiempo. Cuando nos acercamos ya era casi la hora de cierre y el guía, que ya nos había advertido de que el itinerario iba muy ajustado, nos propuso dejar la visita para el día siguiente. Nos comentó que conoceríamos otro bosque de monos mucho más cerca de Ubud y que, en su opinión, era incluso más bonito. En ese momento decidimos confiar en su experiencia y dejar la comparación para el día siguiente.

Así, nuestra primera parada fue el Sacred Monkey Forest Sanctuary, situado a apenas cinco minutos a pie del hotel. Este bosque sagrado ocupa unas 12 hectáreas de exuberante selva tropical y alberga más de un millar de macacos de cola larga (Macaca fascicularis), que viven en libertad. Además de ser uno de los principales atractivos turísticos de Ubud, el recinto tiene un importante valor espiritual para los balineses, ya que en su interior se encuentran tres templos hindúes construidos entre los siglos XIV y XV, utilizados todavía hoy para ceremonias religiosas.

Pasear por sus senderos, rodeados de enormes árboles, puentes cubiertos de musgo y antiguas estatuas de piedra, daba la sensación de adentrarse en un escenario de película. Los monos estaban por todas partes: descansando en las barandillas, trepando por los árboles o curioseando entre los visitantes. Aunque resultan muy simpáticos y acostumbrados a la presencia humana, conviene mantener las pertenencias bien guardadas. No es raro que intenten llevarse gafas, botellas de agua, gorras o cualquier objeto que despierte su curiosidad, por lo que es recomendable no llevar comida a la vista ni sacar objetos innecesarios durante el recorrido.

Precio de la entrada: 100.000 IDR (aproximadamente 5,25 € por persona).





Tras esta visita pendiente, continuamos hacia la región de Kintamani, una de las zonas más espectaculares del interior de Bali. El día combinó algunos de los paisajes más conocidos de la isla con templos de enorme importancia para los balineses.

La primera parada fueron las famosas terrazas de arroz de Tegallalang, probablemente las más fotografiadas de Bali. A diferencia de las de Jatiluwih, donde el ambiente era mucho más tranquilo y tradicional, Tegallalang estaba claramente orientada al turismo. Además de los arrozales, encontramos multitud de atracciones pensadas para hacerse fotografías: enormes nidos de bambú, columpios gigantes sobre el valle, bicicletas suspendidas sobre cables e incluso tirolinas para los más aventureros.

Aun así, merece la pena pasear entre los arrozales y observar de cerca el funcionamiento del sistema de riego Subak, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Este método de distribución del agua, utilizado desde hace más de mil años, refleja la estrecha relación entre la agricultura, la religión y la comunidad en la cultura balinesa.

Precio de la entrada: 25.000 IDR (aproximadamente 1,30 € por persona). Algunas atracciones, como los columpios o las bicicletas sobre cables, tienen un coste adicional.






Nuestra siguiente parada fue el Templo de Tirta Empul, uno de los lugares más sagrados de Bali. Construido en el año 962, durante la dinastía Warmadewa, es famoso por sus manantiales de agua considerados sagrados. Cada día, cientos de balineses y visitantes participan en el ritual de purificación conocido como melukat, recorriendo las diferentes fuentes del templo para limpiar el cuerpo y el espíritu.

Paseamos por el recinto observando cómo los fieles realizaban este antiguo ritual con absoluto respeto. Fue una visita especialmente interesante porque nos permitió comprender mejor la profunda espiritualidad que impregna la vida cotidiana en Bali.

Precio de la entrada: 75.000 IDR (aproximadamente 3,95 € por persona). Si se desea participar en el ritual de purificación, es necesario alquilar un sarong, aunque en muchos casos está incluido con la entrada, y, además, llevar el pelo recogido. En realidad, el sarong es obligatorio a lo largo de la visita, aun yendo bien cubierto.






Después hicimos una parada en una plantación de café, donde nos explicaron el proceso de cultivo y elaboración de algunas de las variedades más populares de Indonesia. Al finalizar la visita nos ofrecieron una degustación con una amplia selección de cafés e infusiones de diferentes sabores, como vainilla, coco, jengibre, cacao o ginseng.

Como no me gusta el café, me limité a observar la explicación mientras mi amiga disfrutaba de la degustación.




Continuamos hasta el mirador del Monte Batur, desde donde contemplamos uno de los paisajes volcánicos más impresionantes de Bali. El Monte Batur, con 1.717 metros de altura, sigue siendo un volcán activo y se alza junto al enorme lago Batur, formado en el interior de una antigua caldera volcánica. Desde el mirador disfrutamos de unas vistas espectaculares del conjunto, aunque la altitud también se hacía notar en forma de un viento bastante intenso y una temperatura mucho más agradable que en Ubud.

Aprovechamos el entorno para comer en un restaurante con vistas al volcán. Sin duda, fue uno de esos almuerzos en los que el paisaje competía con la comida.




Con las pilas cargadas, pusimos rumbo al Templo Madre de Besakih, el complejo religioso más importante de Bali. Situado a unos 1.000 metros de altitud en las laderas del imponente Monte Agung, el volcán más alto de la isla, Besakih está formado por más de veinte templos distribuidos por la montaña. El principal de ellos, Pura Penataran Agung, constituye el centro espiritual del hinduismo balinés y es lugar de peregrinación para miles de fieles.

El complejo sobrevivió milagrosamente a la devastadora erupción del Monte Agung en 1963, cuando la lava pasó a escasos metros del templo sin llegar a destruirlo. Los balineses interpretaron este hecho como una señal divina, reforzando todavía más el carácter sagrado del lugar.

Recorrer Besakih fue una experiencia muy especial. Sus interminables escalinatas, las puertas monumentales y las características pagodas de varios niveles crean un conjunto realmente impresionante, especialmente con el volcán como telón de fondo.

Precio de la entrada: 150.000 IDR (aproximadamente 7,90 € por persona), incluyendo el préstamo del sarong obligatorio para acceder al recinto.






Durante el trayecto seguimos descubriendo algunas curiosidades sobre la vida cotidiana en Bali. Una de las que más nos llamó la atención fue que prácticamente cada vivienda cuenta con su propio templo familiar. 

La religión hindú está profundamente arraigada en la isla y las familias realizan ofrendas varias veces al día para agradecer la protección de los dioses y mantener el equilibrio entre las personas, la naturaleza y el mundo espiritual.

Estas ofrendas, conocidas como canang sari, suelen estar elaboradas con pequeñas bandejas de hojas de palma decoradas con flores de distintos colores, arroz, incienso y, en ocasiones, pequeños alimentos o dulces. También nos explicaron que, en muchas casas, se deja un espacio ajardinado entre la entrada y la vivienda para cultivar las flores que después utilizan en estas ofrendas, un detalle que refleja hasta qué punto la espiritualidad forma parte de la vida cotidiana de los balineses.

Al regresar al hotel decidimos tomarnos la tarde con más calma. Primero disfrutamos de un baño en la piscina y, después, quisimos probar el spa del propio hotel. Era bastante más caro que los centros de masaje de Ubud, pero también ofrecía un ambiente mucho más exclusivo, cuidado y relajante. La experiencia fue muy agradable y nos permitió descansar después de varios días de madrugones y excursiones.

Eso sí, el descanso no duró demasiado. Al caer la tarde volvimos a salir para pasear por el centro de Ubud, recorriendo de nuevo los alrededores del Palacio Real. El ambiente seguía siendo magnífico, con las calles llenas de vida, música, pequeños puestos de artesanía y restaurantes. Aprovechamos que era nuestra última noche en Ubud para hacer las últimas compras de recuerdos antes de regresar al hotel y preparar las maletas para la siguiente etapa del viaje.


Día 10 (Miércoles, 3 de septiembre): Bali - Gili Air. Rumbo a Gili Air, un pequeño paraíso sin coches.


Una vez más nos tocó madrugar para poner rumbo a una nueva etapa del viaje. A primera hora nos trasladaron al puerto para embarcar en una lancha rápida con destino a Gili Air, una de las tres famosas islas Gili, situadas frente a la costa noroeste de Lombok.

El trayecto por mar fue agradable. Navegamos sobre aguas de un intenso color turquesa mientras dejábamos atrás la costa de Bali y contemplábamos, a lo lejos, las siluetas de las islas vecinas. Dependiendo del estado del mar, el viaje puede resultar bastante movido, aunque en nuestro caso la travesía fue bastante tranquila y nos permitió disfrutar del paisaje.

Precio del billete de la lancha rápida: entre 450.000 y 700.000 IDR (aproximadamente 24-37 € por persona), dependiendo de la compañía y del puerto de salida.

Nada más desembarcar descubrimos una de las grandes peculiaridades de Gili Air: no existen vehículos motorizados. Ni coches, ni motos, ni ruido de motores. El transporte se realiza a pie, en bicicleta o mediante los tradicionales cidomo, pequeños carros tirados por caballos que hacen las veces de taxi.

Como era de esperar, nuestras maletas acabaron sobre uno de estos carros y nosotras, como pudimos, nos acomodamos en la parte trasera, prácticamente sentadas entre el equipaje, mientras el caballo nos llevaba hasta el hotel. Fue una experiencia curiosa, aunque también nos dio bastante pena ver al animal arrastrando tanto peso bajo el calor tropical.

Al llegar al alojamiento tuve un momento de auténtico pánico. Sinceramente, pensé que se habían equivocado de hotel. Había leído en un cartel la palabra camping, y nosotras no habíamos reservado una tienda de campaña. Además, el camino de entrada con aquel aspecto tan sencillo no me tranquilizó. No es que buscara un hotel de lujo —he dormido muchas veces en youth hostels y alojamientos mucho más básicos—, pero ya no estoy para según qué aventuras. Para colmo, la recepción no hizo más que aumentar mis dudas.

El propietario, que hablaba un español perfecto —si no recuerdo mal era francés y se había instalado años atrás en Gili Air para montar el negocio—, nos explicó muy amablemente que todavía era pronto y que la habitación aún no estaba preparada. Dejamos allí el equipaje y aprovechamos para salir a descubrir los alrededores.

En apenas unos minutos llegamos a la playa y nos sentamos en una terraza frente al mar para tomar un batido de frutas. Creo que durante nuestra estancia en Gili Air batimos todos nuestros récords de consumo de batidos. Eran enormes, preparados con fruta fresca y muchísimo sabor. Mango, piña, papaya, plátano... cualquiera que pidiéramos estaba delicioso y se convirtió en nuestro pequeño capricho diario.

Tras disfrutar de ese rato relajado, regresamos al hotel. Entonces, llegó la gran sorpresa. Nuestra habitación no era una simple estancia, sino una preciosa cabaña de estilo tropical. Nos alojábamos en el Gilizen Resort, un pequeño complejo con mucho encanto que, pese a la primera impresión que nos había causado, terminó conquistándonos por completo. Cada cabaña estaba dividida en dos alojamientos completamente independientes, con su propia habitación, baño privado, dando ambas habitaciones a un patio. Pero lo mejor de todo era que contábamos con una piscina privada para nosotras solas. En ese momento desaparecieron todas mis dudas sobre el alojamiento. Después de la incertidumbre inicial, acabó siendo uno de los hoteles que más disfrutamos durante el viaje, gracias a la tranquilidad del entorno y a la intimidad que ofrecía.

Como era de esperar, estrenamos la piscina nada más instalarnos.

Más tarde salimos a comer a uno de los restaurantes cercanos y aprovechamos para darnos nuestro primer baño en las playas de Gili Air.

Aquí tengo que ser completamente sincera. El entorno es absolutamente paradisíaco: aguas transparentes, un ambiente muy relajado y unas vistas espectaculares de Lombok y del monte Rinjani. Sin embargo, las playas no terminaron de conquistarnos.

Gran parte del litoral es muy poco profundo y la marea baja bastante pronto (11 a.m. aprox), por lo que durante buena parte del día el agua apenas cubría los tobillos o, con suerte, llegaba a las rodillas. Además, en muchas zonas había restos de coral muerto, piedras y algas que hacían complicado caminar descalzo. De hecho, vimos a varias personas con pequeños cortes provocados por el coral, por lo que llevar escarpines resulta muy recomendable si se quiere disfrutar del baño con tranquilidad.

Eso sí, donde Gili Air nos conquistó por completo fue al caer la tarde.

Nos habían hablado maravillas de sus puestas de sol y decidimos comprobarlo por nosotras mismas. Caminamos hasta la costa oeste de la isla, muy cerca del hotel, donde encontramos uno de los muchos chiringuitos con pufs y tumbonas directamente sobre la arena. Nos acomodamos con una bebida en la mano y simplemente esperamos.

Poco a poco el cielo comenzó a teñirse de tonos anaranjados, rosados y violetas mientras el sol descendía sobre el horizonte. Fue uno de esos momentos que no necesitan filtros ni fotografías para quedar grabados en la memoria.



Después de disfrutar de la puesta de sol nos dirigimos a cenar al Warung Sunny, un restaurante muy recomendable, especialmente conocido por su pescado fresco a la brasa. Nada más llegar nos mostraron las capturas del día para que pudiéramos elegir la pieza que queríamos cenar, una experiencia que siempre aporta un valor añadido cuando sabes que el producto es realmente fresco.

El pescado se cocinaba a la parrilla con especias e ingredientes típicos de la cocina indonesia, conservando todo su sabor. Acompañado de arroz, verduras y las tradicionales salsas balinesas, fue la forma perfecta de despedir el día.


Día 11 (Jueves, 4 de septiembre): Gili Air. Un día entre tortugas y aguas cristalinas.


Después del madrugón del día anterior, esta vez el despertador tuvo una recompensa difícil de superar. Por la mañana nos recogieron en el hotel para realizar una excursión privada en barco por las tres islas Gili: Gili Air, Gili Meno y Gili Trawangan. Estas pequeñas islas, situadas frente a la costa de Lombok, son famosas por la transparencia de sus aguas, sus arrecifes de coral y la abundante vida marina que albergan, convirtiéndose en uno de los mejores destinos de Indonesia para practicar snorkel y buceo.

Nuestra primera parada fue para lanzarnos al agua en busca de uno de los grandes protagonistas de la jornada: las tortugas marinas. No tardamos mucho en encontrarlas. Verlas nadar con tanta tranquilidad, completamente ajenas a nuestra presencia, fue una experiencia difícil de olvidar. Además de las tortugas, durante el recorrido también vimos numerosos peces tropicales de todos los colores y diferentes formaciones de coral que daban vida al fondo marino.

Otro de los puntos más esperados era el famoso conjunto de estatuas submarinas, conocido como Nest, una obra del escultor británico Jason deCaires Taylor situada frente a la costa de Gili Meno. Está formada por 48 figuras humanas a tamaño real colocadas en círculo sobre el fondo marino y, con el paso del tiempo, se han ido cubriendo de corales, convirtiéndose en un arrecife artificial que favorece la biodiversidad de la zona.

La verdad es que el lugar nos sorprendió... aunque no exactamente por la tranquilidad que esperábamos. Había tantísima gente alrededor de las esculturas que, por momentos, aquello parecía el metro en hora punta. Entre decenas de barcos y numerosos grupos haciendo snorkel al mismo tiempo, resultaba complicado disfrutar del lugar con calma. Aun así, merece la pena verlo, ya que es uno de los rincones más fotografiados de las islas Gili.

Tras varias paradas para hacer snorkel, el barco nos dejó en una pequeña playa donde atracaban la mayoría de las embarcaciones que realizan este tipo de excursiones. Aprovechamos para descansar un rato en un chiringuito frente al mar mientras disfrutábamos, cómo no, de otro de aquellos deliciosos batidos de fruta fresca que se habían convertido en nuestro imprescindible de cada día.

Después nos dimos un baño en la playa. Eso sí, encontrar un hueco libre entre tantos barcos no fue tarea fácil. Aun así, el color del agua seguía siendo espectacular y el ambiente relajado invitaba a quedarse allí durante horas.


Ya por la tarde regresamos al hotel para disfrutar una vez más de la piscina de nuestra cabaña. Después dimos un paseo por la isla, alejándonos un poco más que el día anterior para descubrir otros rincones de Gili Air. La isla es tan pequeña que puede recorrerse caminando en poco más de una hora, lo que permite explorarla sin prisas y disfrutar de su ambiente tranquilo, donde las bicicletas, los cidomo y el sonido del mar sustituyen por completo al tráfico.

Como no podía ser de otra manera, terminamos el día contemplando una nueva puesta de sol desde la costa oeste. El cielo volvió a teñirse de tonos anaranjados y rosados mientras la silueta de Bali y del majestuoso volcán Agung se dibujaba en el horizonte. Era imposible cansarse de aquel espectáculo. Cada atardecer parecía diferente al anterior y, sin duda, se convirtió en uno de los recuerdos más especiales de nuestra estancia en Gili Air.




Día 12 (Viernes, 5 de septiembre): Gili Air. Un paseo en biclicleta... que acabó siendo una excursión a pie.


Todo el mundo nos había recomendado alquilar una bicicleta para recorrer Gili Air. Los guías, la agencia de viajes e incluso otros viajeros con los que habíamos coincidido insistían en que era la mejor forma de moverse por la isla. Así que decidimos hacerles caso y alquilamos dos bicicletas en el hotel para 24 horas. Además, el precio era bastante económico. Se puede alquilar fácilmente en hoteles y tiendas por unos 50.000-100.000 IDR al día (aproximadamente 2,60-5,20 €). La idea parecía perfecta.

Una chica con la que habíamos coincidido en uno de los primeros hoteles del viaje nos contó que había dado la vuelta completa a la isla pedaleando junto a la playa, haciendo paradas para bañarse en las distintas calas.

Pensamos: «¡Ese es nuestro plan para hoy!».

Pues bien... no.

La teoría era fantástica, pero la práctica fue bastante diferente.

En cuanto abandonamos la zona más urbana, descubrimos que gran parte del camino que bordea la isla era simplemente arena de playa. Arena blanda. Mucha arena. La suficiente como para que pedalear resultara completamente imposible. Así que nuestro maravilloso paseo en bicicleta se convirtió, sin previo aviso, en un paseo arrastrando la bicicleta. Y no durante cinco minutos. Durante kilómetros.

No os podéis imaginar la sudada que nos pegamos bajo el sol tropical mientras remolcábamos aquel trasto que, lejos de ayudarnos, parecía empeñado en complicarnos la vida.

Lo mejor llegó cuando nos cruzamos con una mujer española y su hijo. Ella iba exactamente igual que nosotras... aunque bastante peor. Arrastraba una bicicleta eléctrica —o eso parecía, porque las motocicletas no están permitidas en Gili Air—, que pesaba más que nuestras bicis convencionales. Todavía me acuerdo de la frase que soltó mientras tiraba de ella completamente desesperada: «Voy a tirar este cacharro al mar». No pudimos evitar echarnos a reír. Era imposible no sentirse identificadas.

Después de semejante esfuerzo, decidimos hacer una parada técnica en uno de los muchos chiringuitos que encontramos junto a la playa. En realidad, más que hambre teníamos la necesidad urgente de sentarnos unos minutos y dejar de empujar bicicletas.

Las aparcamos junto a decenas de bicicletas más y nos acomodamos frente al mar.

Mientras preparaban la comida decidimos refrescarnos con un baño. O, al menos, intentarlo.

Entré en el agua convencida de que iba a disfrutar de un buen chapuzón... hasta que comprobé que el nivel seguía exactamente donde lo habíamos dejado los días anteriores: a la altura de los tobillos. En ese momento solo tenía dos opciones. La primera era tirarme al agua haciendo la croqueta. La segunda consistía en agacharme e ir echándome agua por encima, al más puro estilo de las abuelas cuando se bañan en la orilla. Elegí la segunda. No sé qué imagen di, pero estoy convencida de que cualquiera que me viera debió de pensar que había perdido completamente la dignidad.

Después de comer, continuamos la ruta con un nuevo objetivo: llegar hasta la zona del Zipp Bar, en la costa este de la isla. Nos habían comentado que allí el mar tenía bastante más profundidad y era uno de los mejores lugares para bañarse durante la marea baja.

Esta vez decidimos olvidarnos de la playa y atravesar el interior de la isla por los caminos. Y entonces sí. Por fin entendimos por qué todo el mundo recomendaba alquilar bicicletas. Los senderos eran prácticamente llanos, había muy poco tráfico y en pocos minutos recorríamos distancias que andando habrían llevado bastante más tiempo. Si vais a Gili Air, mi consejo es claro: alquilad una bicicleta, pero utilizadla para moveros por el interior de la isla y no para recorrer toda la costa.

Cuando empezó a anochecer nos encontramos con un nuevo dilema. Habíamos vuelto a la playa y teníamos que regresar al hotel. Podíamos seguir empujando las bicicletas por la arena... o internarnos por los caminos del interior, completamente oscuros. Porque una cosa descubrimos ese día: fuera de las calles principales, en Gili Air apenas hay iluminación.

Justo en ese momento coincidimos con tres chicas españolas que estaban exactamente en nuestra misma situación. Nos miramos, nos echamos a reír y compartimos la misma pregunta: «¿Qué hacemos ahora?» Finalmente nos armamos de valor y optamos por atravesar la isla. Encendimos la linterna del móvil, la colocamos como pudimos en la cesta de la bicicleta y comenzamos a pedalear. El teléfono iba dando botes y el haz de luz iluminaba cualquier sitio menos el camino, pero, sorprendentemente, conseguimos llegar sin ningún percance. Eso sí, pocas veces había echado tanto de menos llevar conmigo el frontal que solía utilizar al hacer senderismo.

Después de aquel día tan intenso ya no nos quedaban fuerzas ni para salir a cenar. Compramos algo de comida para llevar y la disfrutamos tranquilamente en la zona de descanso de nuestra cabaña.

Y, para poner el broche de oro al día, terminamos dándonos un último baño en la piscina privada.

En ese momento pensé que, después de tantos kilómetros empujando bicicletas bajo el sol, pocas cosas podían saber mejor que aquel chapuzón.


Día 13 (Sábado, 6 de septiembre): Gili Air - Jimbaran. Despedida de Gili Air.


Había llegado nuestro último día en Gili Air. Como el traslado no era hasta media tarde, aprovechamos las últimas horas para disfrutar de la tranquilidad de la isla. Alternamos algunos ratos en la playa con varios chapuzones en la piscina de nuestra cabaña, intentando alargar al máximo esos últimos momentos de relax.

Entre baño y baño tocó hacer una de las tareas menos agradables de cualquier viaje: volver a guardar todo el equipaje. Después de varios días instaladas en el Gilizen Resort, ya nos habíamos acostumbrado al ritmo pausado de la isla y nos daba cierta pena marcharnos. Sobre todo, porque el viaje empezaba a llegar a su fin.

A la hora acordada, el guía pasó a recogernos y nos trasladó hasta el puerto en uno de los ya familiares cidomo, los tradicionales carros tirados por caballos que sirven de taxi en la isla. Durante el trayecto nos despedimos por última vez de aquellas tranquilas calles sin coches ni motocicletas, uno de los detalles que más nos había gustado de Gili Air.

Poco después embarcamos en la lancha rápida que nos llevaría de regreso a Bali. Mientras la isla iba quedando atrás en el horizonte, no pudimos evitar pensar que aquellos días entre aguas cristalinas, tortugas marinas y atardeceres inolvidables habían sido uno de los grandes momentos del viaje.




Nuestro siguiente destino era Nusa Dua, una de las zonas más exclusivas del sur de Bali, conocida por sus amplias playas de arena blanca, sus cuidados jardines y la gran concentración de hoteles y resorts de lujo. Después de varios días disfrutando del ambiente relajado de Gili Air, cambiábamos por completo de escenario para afrontar la última etapa del viaje.

Al desembarcar en Bali ya nos esperaba el conductor que nos acompañaría hasta el hotel. Tras algo más de una hora de carretera, atravesando el intenso tráfico del sur de la isla, llegamos a nuestro alojamiento: el Merusaka Nusa Dua.

Nada más entrar comprendimos por qué este resort goza de tan buena reputación. El complejo, integrado entre exuberantes jardines tropicales y estanques, cuenta con un diseño elegante de inspiración balinesa y acceso directo a la playa de Nusa Dua. Además, dispone de varias piscinas, restaurantes y amplias zonas de descanso que invitan a relajarse desde el primer momento.

Después de los pequeños hoteles con encanto en los que nos habíamos alojado durante el viaje, llegar al Merusaka supuso un cambio de ambiente. Era un resort mucho más grande y con todo tipo de servicios, perfecto para disfrutar con calma de los últimos días en Bali.

Como llegamos bastante tarde, cenamos en uno de los restaurantes del hotel y, terminada la jornada, nos fuimos a dormir. 


Día 14 (Domingo, 7 de septiembre): Nusa Dua. Acantilados, templos y un atardecer inolvidable.


Después de varios días de excursiones intensas, agradecimos disponer de una mañana algo más tranquila. Tras desayunar, aprovechamos el tiempo libre para disfrutar de la playa del hotel. Y esta vez sí encontramos la imagen que teníamos en mente cuando pensábamos en una playa paradisíaca: una amplia extensión de arena fina y clara, aguas de un intenso color turquesa y, por fin, suficiente profundidad para poder nadar sin tener que caminar cientos de metros.

La playa de Nusa Dua está protegida por un arrecife de coral que suaviza el oleaje, por lo que resulta ideal para darse un baño relajado. Después de la experiencia en Gili Air, donde la marea baja dejaba el agua a la altura de los tobillos durante buena parte del día, volver a disfrutar de un baño "de verdad" fue todo un lujo.

A mediodía comimos en uno de los restaurantes del Merusaka Nusa Dua, ya que por la tarde nos esperaba una nueva excursión para descubrir la península de Bukit, en el extremo sur de Bali.

Nuestra primera parada fue la playa de Balangan, una de las más bonitas y auténticas de la península de Bukit. Desde el aparcamiento descendimos por una escalinata hasta llegar a un amplio arenal de arena dorada, enmarcado por altos acantilados de piedra caliza y bañado por las aguas del océano Índico. Con su ambiente tranquilo y sus olas constantes, Balangan se ha convertido en uno de los rincones favoritos de los surfistas, aunque también es un lugar perfecto para pasear y disfrutar del paisaje.

Tuvimos además la suerte de coincidir con una ceremonia balinesa de ofrenda al mar. Varias personas, vestidas con sus trajes tradicionales, depositaban pequeñas cestas de hojas de palma repletas de flores, incienso y alimentos mientras rezaban junto a la orilla. Fue un momento muy especial que nos permitió contemplar de cerca una de las tradiciones religiosas más arraigadas de Bali y entender, una vez más, la estrecha relación que los balineses mantienen con la naturaleza y el mar.

Precio de acceso a la playa: gratuito. Si se llega en vehículo privado, únicamente hay que abonar una pequeña tasa de aparcamiento, que gestionaron el conductor y el guía.





Desde allí continuamos hasta el Templo de Uluwatu, uno de los seis templos más sagrados de Bali. Construido sobre un impresionante acantilado de unos 70 metros de altura, ofrece unas vistas espectaculares del océano Índico y es considerado uno de los mejores lugares de la isla para contemplar la puesta de sol.

Como ya nos habían advertido, el templo está habitado por numerosos macacos de cola larga. Estos monos tienen fama de ser bastante traviesos y expertos en apropiarse de gafas, gorras, móviles o cualquier objeto que les resulte llamativo. Por suerte, íbamos prevenidas y mantuvimos todas nuestras pertenencias bien guardadas durante la visita, pero eso no quiere decir que no viéramos cómo se apropiaban de pertenencias de otros turistas.

Precio de la entrada al templo: 60.000 IDR (aproximadamente 3,15 € por persona). La entrada incluye el préstamo del sarong y el cinturón, obligatorios para acceder al recinto, si no llevas cubiertas las piernas.




La última parada del día fue la playa de Melasti, otro de los rincones más espectaculares del sur de Bali. El acceso ya merece la visita por sí solo, ya que la carretera serpentea entre enormes paredes de piedra caliza excavadas en el acantilado antes de llegar al mar.

Allí asistimos a uno de los espectáculos más representativos de la cultura balinesa: la danza Kecak, también conocida como la danza del fuego. A diferencia de otras danzas tradicionales, esta representación no utiliza instrumentos musicales. En su lugar, decenas de hombres sentados en círculo crean un ritmo hipnótico únicamente con sus voces, repitiendo una y otra vez el característico sonido "cak, cak, cak", mientras narran un episodio del Ramayana, uno de los grandes poemas épicos del hinduismo.

Ver el espectáculo al aire libre, con el sol ocultándose poco a poco sobre el océano Índico y las antorchas iluminando la escena, fue un momento hipnótico.

Precio de la entrada a la playa de Melasti: 10.000 IDR (aproximadamente 0,50 € por persona).

Precio de la danza Kecak: 150.000 IDR (aproximadamente 7,90 € por persona). Si se desea asistir a la representación en el anfiteatro del Templo de Uluwatu, conviene comprar la entrada con antelación o llegar pronto, ya que suele agotarse antes del atardecer.








De regreso al hotel nos dimos cuenta de que la zona cercana estaba mucho más animada de lo que imaginábamos. Como todavía era pronto, le pedimos al guía que nos dejara allí en lugar de llevarnos directamente al hotel.

Paseamos tranquilamente entre tiendas, cafeterías y restaurantes, aprovechando para comprar los últimos recuerdos del viaje. Finalmente, cenamos en el W Gourmet, un restaurante que resultó ser todo un acierto. Además de disfrutar de una cena excelente, coincidimos con música en directo, el broche perfecto para una jornada repleta de paisajes espectaculares y experiencias inolvidables.


Día 15 (Lunes, 8 de septiembre): Nusa Dua. Último día completo en Bali.


Después de tantos madrugones, excursiones y kilómetros recorridos, decidimos reservar nuestro último día completo en Bali para hacer exactamente eso: nada. Al fin y al cabo, no todos los días se tiene la oportunidad de alojarse en un resort como el Merusaka Nusa Dua, así que había que aprovecharlo.

Pasamos buena parte de la mañana alternando entre la piscina y la playa. Nos habría encantado darnos un último baño en el mar, pero el fuerte oleaje obligó a izar la bandera roja, así que tuvimos que conformarnos con pasear por la orilla y disfrutar de las vistas.



A mediodía probamos otro de los restaurantes del hotel y, cómo no, acompañamos la comida con algún que otro cóctel. Después continuamos relajándonos junto a la piscina, disfrutando de esas últimas horas sin horarios, sin prisas y sin tener que mirar el reloj para salir corriendo hacia la siguiente excursión.

Al caer la tarde decidimos acercarnos al Bali Collection, el centro comercial al aire libre situado a pocos minutos del hotel. Más que un centro comercial al uso, se trata de una agradable zona peatonal repleta de tiendas, restaurantes, cafeterías y spas, perfecta para pasear tranquilamente y comprar los últimos recuerdos del viaje.

Aprovechamos para hacer las últimas compras, cenar en un restaurante de cocina balinesa y, como despedida, regalarnos un relajante masaje de pies. No se me ocurre una forma mejor de terminar unas vacaciones después de tantos días caminando de un lado para otro.

Fue un día completamente diferente al resto del viaje. Sin grandes monumentos, sin templos ni largas rutas, pero probablemente el más relajado de todos. Eso sí, también fue el más agridulce, porque sabíamos que aquellas eran nuestras últimas horas en Bali y que al día siguiente tocaría volver a casa.


Día 16 (Martes, 9 de septiembre): Nusa Dua. Hasta pronto, Bali.


Nuestro vuelo no salía hasta la tarde, así que todavía pudimos disfrutar de unas últimas horas en el resort.

Después del desayuno dejamos el equipaje en recepción y exprimimos el tiempo al máximo. Nos dimos el último baño en la piscina, pedimos algún cóctel más —ya puestos, había que despedirse como era debido— y aprovechamos para probar otro de los restaurantes del hotel.

Cuando llegó la hora de marcharnos, el conductor pasó a recogernos para llevarnos al aeropuerto. Durante el trayecto fuimos contemplando por última vez las calles de Bali, intentando grabar en la memoria todos esos pequeños detalles que habían hecho tan especial el viaje.

Habían sido dieciséis días intensos recorriendo templos, volcanes, arrozales, cascadas, playas e islas paradisíacas; descubriendo una cultura fascinante y viviendo experiencias que difícilmente olvidaremos.

Con la maleta llena de recuerdos, miles de fotografías y la sensación de que todavía nos quedaban muchos rincones por descubrir, nos despedimos de Bali.

O, mejor dicho...

Hasta la próxima, Indonesia.

Aunque, siendo fieles al espíritu de este viaje, no podíamos abandonar el país sin protagonizar una última anécdota.

Nada más entrar en el aeropuerto, antes incluso de pasar el primer control de seguridad, dos empleados nos preguntaron si llevábamos mecheros en el equipaje facturado. Si era así, había que sacarlos.

Mi amiga estaba convencida de que llevaba uno, pero no tenía ni idea de dónde lo había guardado. Así que abrió la maleta y comenzó a rebuscar entre toda la ropa. Yo, en cambio, sabía perfectamente dónde estaba el mío: en un bolsillo interior. Lo saqué sin problemas y pensé que todo había terminado.

Ilusa de mí.

Al cerrar la maleta, la cremallera se enganchó con una bolsa de rejilla que llevaba dentro. Intenté moverla con cuidado, pero no había manera. Mi amiga también lo intentó, con idéntico resultado. La cremallera no avanzaba ni un milímetro.

Mientras tanto, los dos empleados del aeropuerto nos observaban con una mezcla de compasión y sentimiento de culpa. Al fin y al cabo, si no nos hubieran hecho abrir las maletas, aquello nunca habría pasado.

Como cerca había un par de cafeterías, se me ocurrió pedir unas tijeras. Mi plan era sencillo: sacrificar la bolsa de rejilla para salvar la maleta.

En la primera cafetería una camarera estaba dispuesta a prestármelas, pero justo apareció el encargado y le dijo que no. Sinceramente, lo entiendo. Supongo que prestar unas tijeras dentro de un aeropuerto no es precisamente el protocolo habitual... aunque yo juraría que no tenía pinta de psicópata desesperada.¿O quizá sí?

Por suerte, en la siguiente cafetería accedieron a dejármelas. Eso sí, estaban sujetas a la barra con un cable de seguridad.

—Sin problema —les dije.

Fui corriendo a por la maleta, que mi amiga seguía intentando cerrar sin éxito, y la arrastré hasta la cafetería. Allí comenzó una escena bastante cómica.

El cable de las tijeras apenas tenía longitud, así que tuve que sostener la maleta en el aire mientras intentaba cortar la bolsa de rejilla, haciendo auténticos malabares. No había espacio para que nadie pudiera echarme una mano. Después de varios intentos conseguí rasgar la tela. Y, por fin, la cremallera volvió a deslizarse.

La maleta cerró. Creo que nunca una cremallera me había hecho tan feliz.

A partir de ahí, el resto fue coser y cantar: pasamos el control de seguridad, embarcamos sin más sobresaltos y emprendimos el viaje de vuelta a casa.

Porque sí, Indonesia nos regaló paisajes inolvidables, templos impresionantes, volcanes activos, playas paradisíacas y una cultura que nos conquistó desde el primer día.

Pero también nos dejó una colección de pequeñas peripecias que, vistas con perspectiva, son las que hoy recordamos entre risas.

Y es que, al final, muchas veces los viajes no se recuerdan solo por los lugares que visitas, sino por las historias que te ocurren mientras los descubres.


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